
Entre palmeras, árboles centenarios, aves, insectos y hasta murciélagos; con guayaberas, vestidos, colores, velas, discursos, música; bebiendo whisky, tequila, vodka, ron, cervezas, vino, (el vermouth y el campari fueron olvidados, o más bien nunca presentados). Como si una nube me llevara de mesa en mesa, el tiempo fue pasando; la celebración rebosante de alegría, gracias a todos.
Yo me jactaba de que solamente me pondría nervioso la lluvia: que agua cayera sobre nosotros, sobre los invitados, sobre el pastel. Por esa razón en parte escogimos la temporada seca para realizar la fiesta, pensando que una fecha como el 21 de abril sería garantía de sol resplandeciente. ¡Oh Tlaloc, que susto me habías dado! La mañana del viernes amaneció nublada, nubarrones en todo el país provenientes del Océano Pacífico. Todavía recuerdo el nudo en la garganta al sentir un poco de brizna húmeda mientras hacíamos los últimos arreglos la tarde del viernes en La Jungla.
Pero no tengo deudas con el señor de las aguas, y a pesar de que amaneció el sábado igual de nublado, el atardecer fue lo que yo pedía, GRACIAS A DIOS. Imagino que ustedes comparten conmigo la impresión de que todo fue más hermoso al atardecer, los ánimos encendidos por los tragos, la música, la alegría. Todo lo que brillaba desprendía enormes cantidades de felicidad, como si todos, familiares, amigos y demás invitados, incluyendo la exuberante vegetación, irradiaran como si estrellas fueran, amor, mucho amor.
No podré terminar ahora mis remembranzas del sábado, pues todavía no se cumple una semana de la celebración y sigo con la experiencia en la piel, la sudo todavía, percibo el olor del merengue del pastel, las burbujas del champagne, la dulzura del vino, la frescura de la cerveza en cada trago que doy.